Una vez tu pálida tez brillaba a la luz de la luna, centelleante bajo el cortejo astral. Puedo ver como desciendes con pasos de marfil por enormes teclas de cristal, una a una, descendiendo hasta donde me encuentro, observándote con mirada impasible. Ya puedo ver tu mirada, esa mirada esmeralda cuyo brillo tirita a la lejanía nocturna, pero cuya belleza enmudece la misma luz de la noche.
A medida que avanzas, tu cuerpo acaba perdiendo su corporeidad, desvaneciéndose lentamente a medida que lo que ven mis ojos deja de ser tu imagen espectral y poco a poco va mostrando la realidad, la oscuridad de la noche, donde la única amante es la luna, que vigila mis pasos solitarios.
A medida que avanzas, tu cuerpo acaba perdiendo su corporeidad, desvaneciéndose lentamente a medida que lo que ven mis ojos deja de ser tu imagen espectral y poco a poco va mostrando la realidad, la oscuridad de la noche, donde la única amante es la luna, que vigila mis pasos solitarios.
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