Música que me inspira, para los curiosos:
(aconsejado para los poco acostumbrados al folk o indie *)
(favoritos ★)
-Arcade Fire*
-Woodkid*
-Low Roar* ★
-Sun Kil Moon ★
-Damien Rice*
-Loreenna McKennit ★
-Joe Purdy
-Sarah McLachlan*
-Anuna ★
Esta es una historia de amor, una historia de tristeza, una historia de la vida, un relato al fin y al cabo, pero sigue siendo una historia que merece ser contada. Una historia que siento, una historia que veo en mis ojos, una historia que brota cuando sueño, pero al mismo tiempo se atacasca cuando trato de escribir.
“Siempre
supe que este no era mi sitio,
tan raro, tan indiferente, mis recuerdos
se tiñen de gris cuando me encuentro aquí,
a veces es mejor irse, marcharse
de aquí de una vez por todas”
Una suave
brisa nocturna brillaba por la habitación de Victoria cuando se
despertó de su
profundo sueño. Se revolvió entre las sábanas, mecida por esa
suave brisa que brotaba de la pequeña y sencilla ventana blanca, una
brisa que la envolvía en una sensación de bienestar. Victoria
deslizó su mano hasta la mesilla de dormir, sacó una libretilla, y
anotó:
“Diario del sueño,
hoy es 26/10/15, y hoy he soñado que cabalgaba un dragón bajo un
cielo manchado por tres soles y tres lunas…” Victoria suspiró,
sabía que había estado ahí, pero todo parecía haber sido un
sueño…
Un vago sueño que
se perdería por los más profundos recovecos de la mente de
Victoria. La joven ahuyentó la brisa expulsándola por la pequeña
ventana, quería tomar un poco de aire y no podía dejar corriente
por la casa. Abrió la pesada puerta con delicadeza, y avanzó con
sus pies descalzos por el pasillo durmiente. Victoria se adentró a
la terraza en silencio, sus pies descalzos se revolvían molestos en
el suelo helado de ladrillo, su rostro era besado por esa brisa que
traía el viento invernal y sus oídos habían sido invadidos por los
sonidos de los grillos susurrantes y los arboles aullantes. Sus
ojos se abrieron al vasto vacío del cielo estrellado, donde una
única luna centelleaba en la profundidad de la noche, Victoria notó
como un calambre recorría su cuerpo cada vez que pensaba en la luna.
"Al
fin y al cabo, tan solo es un trozo de piedra...
pero
aún así, es bella.
Quizás
sea eso lo que la hace bella, el hecho de
que
solo sea un trozo de piedra, una piedra
imposible
de alcanzar"
Su mirada
sostuvo a la de la Luna por minutos interminables, donde el cielo
parecía contener la respiración ante la mirada de Victoria. Su
corto cabello castaño brillaba tenuemente mientras cerraba
finalmente sus ojos, como intentando impedir que la imagen de ese
precioso cielo escapase para no volver, como un breve sueño. No
quería que ese cielo fuese lo mismo que el de tres soles y tres
lunas, una mera visión.
Sus pies descalzos se apartaron
de la incomodidad del ladrillo y aceptaron de buen grado estar de
nuevo sobre la tibia madera del suelo. Victoria avanzó casi
sonámbula hasta su habitación con la única compañía que su tenue
respiración. Se sentó en la cama dubitativa, pensativa, no podía
ser posible, esos sueños en realidad fueron reales... Victoria notó
como su mente se desconectaba con suavidad, como sus ojos se perdían
en una oscuridad infinita, como sus oídos huían del estruendo del
viento escondiéndose en esos dulces susurros de sus sueños
retornaban para mecerla.
El sol se contenía durmiente en
el horizonte, un horizonte silencioso y sombrío. Los ojos de
Victoria se revolvieron encerrados en sus párpados ansiosos de luz.
Abrió los ojos lentamente y dejó que la grisácea luz lunar que
brotaba de la ventana acariciase sus ojos con tenue suavidad. Se
levantó poco a poco y avanzó por el pasillo, sus pasos resonaban
bajo la madera oscura, que cambió a sonidos huevos cuando la joven
avanzó por las escaleras de su casa. Se acercó a la cocina, esta
estaba revestida de madera de abedul y una intimidante mesa cuadrada
se situaba en medio. Victoria cogió un vaso de leche y unos cereales
de los chirriantes cajones, tomó asiento, y comenzó a comer
silenciosamente. Sus ojos no veían, pues no los necesitaba, mientras
disfrutaba del desayuno su mente vagaba en profundos sueños.
Victoria, sin apenas darse cuenta, ya había terminado de desayunar: tenía que prepararse e
ir de vuelta a la escuela.
La joven subió las
escaleras lentamente y preparó la ducha mientras se desnudaba
lentamente, quitándose un largo y melodioso camisón blanco y su
ropa interior. Victoria sintió un súbito terror al mirarse al
espejo, se sentía muy angustiada cuando estaba desnuda, la simple
idea de estarlo la aterraba, se sentía completamente desprotegida
ante cualquier peligro, mientras Victoria está desnuda teme
cualquier sonido, cualquier cambio de temperatura, cualquier cambio
de luces, todo, todo era peligroso, y su miedo no la dejaba pensar
con claridad. Se sintió inútil, se sintió un mero trozo de carne,
se sintió como un despojo a quien nadie quiere y que si
desapareciese, a nadie le importaría.
"No
eres nadie Victoria"
Victoria se duchó y
volvió a mirarse al espejo antes de taparse con un mullidito
albornoz color ocre. Era una chica de estatura normal, con un cuerpo
delgado, su melena castaña oscura caía como una cascada por sus
finos hombros y su pecho. Sus labios no eran muy grandes, pero eran
un tanto carnosos, su pequeñita nariz era un poco chata y unos
grandes ojos castaños, bien separados entre sí, brillaban con
audacia. Su barbilla no era pronunciada, sino redondeada y bastante
contraída, y su frente era bastante pequeña, lo que hacía que sus
ojos sobresaltasen aún más, unas enormes ventanas a ese mundo
interior, de donde tan poca gente había entrado y nadie había
decidido quedarse.
Avanzó a su
habitación, donde la esperaba un armario lleno de posibilidades para
ese nuevo día, uno como tantos. Se colocó su ropa interior, un
calentador interior, una camiseta negra bajo una camisa a cuadros
negra, verde y roja, unos vaqueros con las puntas deshilachadas y
unos zapatos marrones con un finísimo tacón, que disimulaban
tenuemente su estatura. Victoria cogió su móvil sin siquiera
mirar las notificaciones, su mochila escolar, una terrible mandarina
amarga como almuerzo y se encaminó hasta la parada de autobuses.
Antes de salir de casa, se paró un momento a pensar, sobre el viaje
nocturno tan mágico que había experimentado, y como la luna se
había dejado observar con todo su esplendor y belleza a los ojos de
Victoria.
Al cerrar la
puerta de casa, sintió el terrible frío azotándola con crueldad,
mientras trataba de asegurar el engranaje de la puerta por
seguridad. Tras eso, Victoria avanzó a la parada, estaba a un
kilómetro de su casa, no era mucha distancia, pero con el frío a la
pobre chica le pareció un infierno blanco lleno de retos y escasos
de motivos para seguir avanzando, aun así, Victoria logró alcanzar
el bus a tiempo para encaminarse a las clases. Sus pasos se hicieron
pesados mientras se acercaba a la entrada del autobús, tímida y
temerosa por lo que la esperaba dentro. La saludó cordialmente el
conductor en silencio; su expresión era triste y sombría, como el
ambiente de el autobús, que estaba sumido en la oscuridad de la
madrugada. Victoria se sentó en un asiento, sola, con su cabeza
apoyada contra el frío cristal, observando como haces de luz
moribundos trataban de alcanzar las vacías calles.
El
autobús pasó por la angosta ciudad repleta de edificios viejos y
ruinosos, donde las viejas luces de las lamparas llenaban de un
sosegado velo blanco. La carretera era negra, completamente negra,
daba la impresión como que el cristal en realidad era la pantalla
hacia un teatro mecánico que se moviese desde el morro hasta la
cola, y que todo era un simple montaje. Victoria a veces pensaba en
la ciudad como un escenario, donde todos se colocaban para hacer su
papel, sin comienzo, sin fin, pero al mismo tiempo sabía que todo
debía tener supuestamente un principio y un desenlace.
Soñó
en una vida mejor, una vida donde sus padres estuviesen junto a ella,
una vida en la que pudiese sentirse en algo que pudiese llamar
familia. Pensó en su padre Juan, quien apenas la quería y nunca
estaba en casa, y en su madre Aurora, que les dejó hacía ya 2 años
un frío día de Enero. A veces podía mentirse a si misma, cuando
solamente la oscuridad de la madrugada la acompañaba, podía creer
que su madre seguía viva y que su padre realmente la quería como
ella le quería a el. Lo mas doloroso de todo no era mentirse a si
mismo, sino darse cuenta de ello, de volver a la dura realidad, de
arrastrarse por el suelo por culpa del dolor de la verdad y el peso
de la culpabilidad, pero sabía que no podía evitarlo, tenía que
soñar, tenía que seguir viviendo en su mundo, seguir pensando que
todo era un extraño sueño que irónicamente encajaba y tenía
sentido, pero que prefería ocultarlo cerrando sus ojos y
acurrucándose en si misma para sentirse menos responsable.
"Y
aquí estoy, sentada, mirando
el
horizonte, preguntándome que
hago
aquí, porque me siento tan...
vacía
por dentro, que es lo que
falta
en todo esto"
El autobús
llegó al aparcamiento de su instituto con rapidez. Era de los años
60, construido con con el clásico ladrillo rojizo y un tejado plano
de color blanco donde cada 10 metros había un balón de fútbol
encalado. Era un lugar radiante, completamente bañado de una luz
enorme que hacía brillar el lugar como ninguno otro, y al estar en
la cima de una montaña podías ver la ciudad de Valencia al fondo
hundida en un manto de contaminación a lo lejos que difuminaba sus
edificios a la lejanía.
Victoria se puso su mochila a su
espalda y caminó lentamente por un caminito de guijarros que la
llevaba a la zona de Bachiller. Donde terminaba ese pavimento de
guijarro rodeado de césped se encontraba una inútil puerta de
cristal automática que solo servía para impedir andar sin el miedo
de romperla en pedazos. Al cruzar las puertas bajaba unas escaleras a
su izquierda que a mitad camino llevaban a un patio exterior
abandonado por los profesores donde los estudiantes podían descansar
sin que nadie les molestase, era un lugar que a Victoria le parecía
bastante deprimente: en verano el calor hacía imposible estar allí
y en invierno el frío no era diferente.
Al bajar las escaleras
entró a su diaria clase de inglés, donde un escocés inusualmente
entendible impartía la clase de inglés, pero era un inglés
especial. No era un profesor común, y tampoco lo era la asignatura
que el daba por suya: escribías tus historias, leías joyas
literarias como Edgar Allan Poe, Paulo Coelho, Harper Lee, Mark Twain
o incluso George R.R. Martin. Era como una clase de nave espacial con
el que escapabas a un mundo muy lejano.
Victoria acarició la
librería de la clase, recordando el tiempo que había pasado leyendo
y viviendo esos libros, y como ahora guardaban polvo en una vieja
estantería, abandonados.
Se sentó en el lugar mas alejado de
la clase, donde podía ver a todos sus compañeros casi como si
tuviese vista de águila. La mayoría estaban embotados en sus
problemas y pasaban de ella, y los pocos que no pasaban de ella
apenas la hablaban; su comienzo en clase no fue muy grato, ella era
una chica que se cambió hacía 2 años antes cuando lo de su madre
Aurora y no se sentía cercana de ellos, sabía que ninguno podía
entenderla tras todo lo sucedido.
Tras la animada clase de
inglés pasaron a la de filosofía, donde la animación se
potenciaba, literalmente. La clase la presidía una alemana lunática,
había venido en su juventud a demostrar la existencia de “ogros”
que se decían encontrar en las grutas del País Vasco, de los que
los antiguos vascones decían que servían a los dioses antiguos.
Toda esa idea le chiflaba a la profesora, que tras años de búsqueda,
prefirió irse a Valencia donde el clima era más apetecible para
envejecer. Hablaba de la existencia de los seres mitológicos y
fantásticos, de las religiones, de como pensábamos, de las ideas de
Sócrates, Platón, Descartes o Sigmun Freud. Le encantaba zarandear
las manos mientras balbuceaba de la importancia de pensar y de ser
críticos, pero de siempre estar abiertos a todo.
Al final del
todo, tocó la mejor clase para Victoria, la clase de dibujo
artístico.
Un hombre alto y mayor, algo enjuto y de un
corto pelo rubio rizado vivía en esa clase como si fuese su casa,
las paredes estaban decoradas de cientos de dibujos que reflejaban la
luz del sol que provenían de los enormes ventanales de la sala. Su
mirada era algo perdida y más anciana de lo que su rostro era y se
pasaba todos los días colocando sus dibujos, organizando carpetas en
su escritorio o dibujando. Ese día era una clase de interpretación
y evolución personal en la pintura, y Victoria comenzó a dibujar
sombríos bocetos que no resultaban agradables, todos parecían
rotos, no podía construir en su mente una idea bonita, no podía
imaginarse el paisaje del desierto, tampoco el paisaje de los tres
soles y las tres lunas, no podía siquiera mantenerse concentrada en
hacer bocetos al azar.
"Que le ocurre Victoria"-
preguntó el profesor, preocupado.
"No lo sé Jack"-
suspiró la joven -"le prometo que lo estoy intentando.
"No
se preocupe, aún le quedan 2 semanas para tener algo en mente, no
tenga prisa"
Victoria siguió pensando mientras seguía
haciendo bocetos grises sobre los papeles blancos.
A la
hora del recreo Victoria se quedó todo el tiempo antes de comer en
clase de arte, dibujando lo que para ella le parecía algo bello,
pero que a los demás se les asemejaba a una figura terriblemente
triste.
“El
rostro, vacío, sin boca, sin labios,
solamente
un rostro cubierto de gotas
de
tristeza y en el pecho un hueco negro,
vacío,
dolorido, oscuro…
y
aquí estoy, en este túnel,
donde
solo puedo ver
oscuridad
adelante”
Contempló
su grisáceo dibujo con indiferencia, como si todo lo hubiese
descargado en ese dibujo, esa sensación de tristeza que sentía esa
misma mañana desapareció completamente.
Victoria se despidió
de su profesor, que miraba con musitada curiosidad el cuadro de su
estudiante, y se fue a comer. Se colocó en una linea para esperar su
turno, donde en unas enormes bandejas de plástico se les servía uno
a uno para después colocarse ellos mismos los platos. La joven
reconocía a todos los que estaban junto a ella, pero los veía como
a marionetas mecánicas avanzando y vociferando conversaciones
banales en voz alta.
“Ni
me miran, ni me escuchan,
aunque si os soy sincera,
de
poco me interesa que me presten
atención alguna, no les
importo
igualmente”
Victoria se
intentó sentar donde nadie la molestase, apartada de todo; ya de por
sí le molestaba que nadie tratase de hablar con ella y que cuando
ella lo intentase apenas la prestaban atención, por lo que era mas
agradable estar lo menos acompañada posible. Tampoco sacó el móvil
ni se puso música, solamente comió lo más rápido posible y se
dirigió al pequeño jardín en la zona superior del instituto.
Era
un lugar apartado de todo, donde ella podía estar tranquilamente sin
que nadie viniese para molestar. Ella pensaba que sus compañeros
sabían que ella estaba ahí, pero apenas la veían y los pocos que
la observaban con el rabillo del ojo al cruzar por el camino de
guijarros pasaban olímpicamente de ella. Quizás fuese que no se
preguntaban siquiera que hacia ella ahí, o que pensaban que era una
chica extraña con gustos extraños para ellos. Victoria puso a
DeVotchka en el reproductor de su teléfono, se sentó en un caminito
secundario de piedra con su espalda apoyada en la fachada del
edificio, donde podía ver delante suyo un enorme sauce llorón que
se erguía por encima de el resto de árboles. Sus ramas parecían
mecerse con el viento de levante, las hojas se deslizaban cual
cortinas, como llamando a Victoria.
La joven se levantó
con tranquilidad, pero con una sensación enorme de añoranza que no
podía evitar mientras se acercaba al sauce. Su mano alcanzó el
viejo árbol, rozando la oscura corteza, que al tacto era áspera y
seca.
“Sentía
como que estaba vivo,
pero
era silencioso, muy silencioso.
Su
hojas me envolvían suavemente
mientras
sentía que el viento nos acompañaba.”
“Es hora de volver
a casa” - murmuró la joven con tristeza.
Cogió su mochila y
caminó de vuelta al autobús, donde como no, estaba vacío. Subió
las escaleras y se sentó en la silla del fondo, donde nadie pudiese
molestarla. El autobús era un muy pequeño, de color blanco con
tonos verdosos que apenas tenía personas a las que llevar a la
ciudad, quizás unas 8 personas para los 30 asientos que habían. El
conductor encendió el motor y se adentró en la abrupta carretera
repleta de barro y guijarros, la joven podía notar como el vehículo
se zarandeaba cual hoja en una ventisca, aunque se sentía segura
allí dentro.
El ambiente era
tranquilo y seguro, la oscuridad del atardecer mantenía a Victoria
oculta en las sombras, donde recordó con recelo como su vida había
cambiado desde la muerte de su madre. Para ella Aurora era todo,
siempre le gustaba pasear con ella por el parque de enfrente de su
casa, caminar por los atardeceres visitando a viejos amigos y
antiguas compañías y sobretodo los extensos e inmemorables paseos
por caminatas a través de montañas y ríos. Quería también a su
padre, pero no como a Aurora, no porque su padre fuese mala persona
sino porque apenas tenían algún tiempo juntos como padre e hija.
Aurora era la luz de su vida, y esa luz se había apagado tanto para
ella como para su padre, y ambos apenas se hablaban. Victoria soñaba
con poder reencontrarse con su padre y llenar el enorme vacío que
Aurora había dejado al marcharse.
Victoria volvió a
la realidad, con los ojos húmedos y un rostro completamente pálido,
como si hubiera dejado de estar ahí para ir a otra parte.
“Lo
era todo para mi, lo era todo
y
ahora ya no está, me siento sola,
sin
nadie que me pueda entender,
sin
lugar al que pertenezca.”
Varios minutos
después el conductor abrió la puerta y Victoria salió a la calle,
una de las múltiples calles contiguas al parque que la lleva hasta
su casa. Decidió tomar el camino largo a casa cruzando por el enorme
parque aprovechando que el conductor se había adelantado a la hora
prevista con mucha ventaja. Era un parque extensísimo, repleto de
una vegetación completamente asalvajada que aparentemente nadie
debía estar cuidando. El moribundo sol rozaba las copas de los pinos
y los sauces que se erguían majestuosos sobre pequeños valles
repletos de arbustos y numerosas florecillas multicolores. Caminó
por el césped con cuidado hasta llegar a uno de los bosquecillos,
donde se sentó bajo un sauce a disfrutar del ya tardío atardecer.
“Tres
soles se ocultan en el horizonte,
el
sol de la vida, el sol de los recuerdos
y
el sol de la esperanza.”
Mientras observaba
como el último sol se ocultaba,
“¿Precioso
verdad?”- musitó una voz masculina a escasos metros.
“Si, la verdad es
que si”- respondió Victoria.
“Yo siempre vengo
aquí para contemplar el atardecer, es increíble”- el joven se
acercó unos pasos -“¿puedo sentarme?”
El chico, que
tendría la misma edad que Victoria se sentó a un metro de ella,
apoyándose en un pino que le daba cobijo, con un ligero gruñido y
ojos jocosos, le dejó claro a la chica que aquel había sido hasta
entonces su sitio.
El tiempo pasaba
despacio y la oscuridad poco a poco iba reinando en el parque, donde
las viejas luces estaban en su mayoría estropeadas.
“Cuando miro al
atardecer sueño en que cuando el sol vuelva todo habrá cambiado y
nada será lo mismo”- dijo el joven- “¿porque miras tu el
atardecer?”
Victoria se acomodó,
la compañía de aquel joven la reconfortaba.
“Vengo a
recordar”- respondió ella- “Me gustaría que las cosas fuesen
como antes”
“¿Crees que se
pueden cambiar?” -interrogó el joven.
“No, murió, tuvo
un accidente de coche hace 2 años” -Victoria no pudo para el
torrente de sentimientos de dolor, de nostalgia y de tristeza - “y
eso es algo que no se puede cambiar”
“¿Como se
llamaba?”- la voz de él sonaba un poco más enmudecida ante la
respuesta de la joven.
“Aurora”
Tras la respuesta de
Victoria el silenció reinó entre los dos, no era un silencio
incómodo, sino un silencio de nostalgia, de entendimiento, no
necesitaban hablar para saber que era lo que se le pasaba al otro.
“Lo siento”
“No pasa nada”-
suspiró la joven, entristecida -“Mi nombre es Victoria”
“El mio Enric”
Pasaron una hora
observando el horizonte hasta que la oscuridad ya les había
consumido por completo y apenas podían ver el brillo en los ojos del
otro, ya se estaba haciendo muy tarde para Victoria.
“Bueno…
Victoria” -dijo Enric con voz cansada- “mañana estaré aquí si
necesitas volver a mirar el atardecer”
“Gracias, de
veras”
El joven se levantó
y caminó en dirección contraria del camino que debía tomar
Victoria, pero le dio tiempo para darse la vuelta.
“¡Recuerda que
ese es mi árbol!”- exclamó el chico antes de desaparecer
totalmente por el camino terriblemente iluminado.
Victoria se levantó
con lentitud y se dirigió a su casa, cuando llegó no le sorprendió
el hecho de que su padre no la saludase: estaba sentado en el sofá, mirando con ojos perdidos un show de estos que
reviven viejos shows y musicales, parecía demacrado y muy cansado.
Era un hombre grande y fuerte, su piel tenía una tez un poco más
oscura que su hija, sus facciones eran serias, rodeadas ya de las
primeras arrugas de un hombre que ya comienza a envejecerse. Su pelo
era corto, de un tono castaño oscuro y de un corte muy sencillo.
“Buenas noches
Papá”- dijo Victoria al ver a su padre en el salón de la casa.
Como siempre, no recibió respuesta alguna de su padre, que seguía
con la vista fija en el viejo televisor.
Victoria subió las escaleras y se sentó en la cama, dubitativa, pensando en esa misma tarde.
ZONA SPOILER:
--------------------------------------------------CONFES------------------------------------------
Esta vez como tantas ella fue la primera en llegar al la sombra del sauce, que ciertamente la protegía de los acalorados atardeceres. Cuando el joven llegó y se sentó a su lado, ella le cogió de su mano, como queriendo decirle algo. El pudo entenderlo y la miró con comprensión y cariño, esperando a que ella abriese sus labios.
"Oye Enric" -la voz de Victoria tenía un tono suave y cálido- "¿te acuerdas de cuando nos conocimos?"
Un torrente de recuerdos revolvió la mente de ambos, parecían tan cerca pero cuando lo pensaban con claridad había pasado mucho tiempo, pero les gustaba rememorar esos tiempos, cuando ese chico se sentó cerca suyo un atardecer como tantos.
"Claro Vic, ¿como podría olvidarme? Aun recuerdo que te dije que este árbol era mió" -respondió él, empujándola muy suavemente.
Estaban el uno pegado el otro a pesar de que el tardío calor veraniego se les arrojase con fuerza, estaban cómodos bajo la sombra del enorme árbol que parecía acompañarles en el silencioso ritual que ambos mantenían desde hacía ya muchos meses. Tras un largo silencio, Victoria se giró hacia el joven.
"Enric, gracias por todo" -los ojos de él sostenían los suyos con un tierno brillo de entendimiento- "podrías haberme abandonado, pero no lo has hecho, ¿por que?"
El joven pudo leer dolor en su expresión, esos recuerdos que aún se mantenían en su mente y que él sabía que por mucho tiempo que pasase jamás se irían de su mirada. Los dos habían sufrido mucho para llegar hasta aquí, pero aquí estaban, juntos. Ya conocían las heridas del otro, las cicatrices que marcaban su pasado repleto de secretos que el otro guardaría con recelo bajo sus labios. Enric sabía que Victoria tenía miedo a perderle, que temía que la olvidase, como tantos otros habían hecho desde siempre, pero él tenía el mismo miedo, la misma sensación de vació cuando sus ojos no veían los suyos, el mismo sentimiento.
"Porque jamás podría volver a ver tus ojos Vic, porque no podría olvidarte" -se acercó a ella con suavidad -"porque si te fueses, jamás podría ver este atardecer de nuevo"
Podía ver como los ojos de Victoria cobraban brillo, observándole con un cariño que jamás había visto nunca, al igual que ella podía ver en él como su mirada se tornaba cristalina a la suya, pudiendo ver a través de él.
Se observaron fijamente, en silencio, al mismo tiempo que Victoria se arrimaba a su pecho y sus manos se deslizaban por su cuello, subiendo hasta su rostro, mientras que él la envolvía entre sus brazos. Se acercaron aún más, y se miraron mutuamente por una última vez, antes de fundirse en un tierno beso que los juntó bajo el sauce como una sombra en el horizonte, como una estatua que decoraba el salvaje parque. Y en ese instante, mientras eran uno, sufrieron una especie de déjà bu: como un recuerdo una vida que jamás habían vivido pero que sabían que podían vivir, que cruzó como un destello por su mente. Se imaginaron juntos, se vieron a si mismos, mucho después, en otro lugar, en otro momento, pero juntos, como en ese mismo instante.
Después de unos interminables segundos, sus labios se separaron, volviéndose a mirar con una sensación indescriptible en sus miradas, recordaron lo que habían visto, lo que habían vivido, lo que iban a vivir.
--------------------------------------------------DESPEDIDA------------------------------------------
Victoria fue al cementerio, donde encontraría a la tumba de la que fue su madre. Ella pensaba y tenía por supuesto que esta era la última vez que iba a visitar aquel lugar. No podía estar en esa casa sin que los recuerdos de su madre la invadiesen y la destrozasen por dentro dejándola devastada. Los recuerdos eran muy, muy lejanos, pero aún podía sentir el dolor que la invadió durante tantos años, tanto cuando murió su madre como cuando vivía en la casa de su madre. Ella debía dejar ese lugar, debía irse, escapar y buscar un lugar donde no la persiguiese el pasado. Se sentó en un banco, en una esquina silenciosa del cementerio, donde un mustio roble tapaba los bancos de la lluvia. Cogió dos papeles y su viejo lapicero, y comenzó a observar el paisaje que la rodeaba.
“Mamá,
Debo dejarte esto aquí, seguro que no te importará que te moleste un poco más para recordarte. Desde que te fuiste todo se ha derrumbado, todo ha cambiado y a él no le están yendo bien las cosas, lo vamos consiguiendo pero no me habla, apenas me mira, es como si hubiese viviese en una burbuja, y yo estoy fuera de ella.
Aún así, tengo la esperanza que un día vuelva a ser él y que podamos hablar como antes, seguro que eso es lo que hubieras querido. Debo partir a Escocia, he encontrado un trabajo, tengo una vida nueva, pero no quiero irme sin despedirte, sin decirte que aún te recuerdo y que te quiero, y aunque te eche de menos, se que ya no estás, y que tampoco habrías querido que me hundiese como he estado haciendo todos estos años.
Te quiero y te recuerdo,
Vic”
Respiró tranquila, sentía como si se hubiese quitado un gran peso de encima, que era algo que debía haber hecho mucho antes, pero al menos lo había hecho.
“Papá,
[TERMINAR-FINAL FELIZ CON PADRE]
Debo despedirme ya, voy a volver a casa, te quiero mucho Papá,
Vic”
----------------------------------------------------ESCOCIA--------------------------------------------
Enric condujo hasta
donde la oscuridad dominaba la montaña, sin ninguna luz para guiarse
salvo las luces del viejo coche del joven.
En uno de los
baches, el coche sonó como si un bloque de cemento se hubiese
estrellado contra una de las ruedas del coche.
“No te preocupes
Vic, este coche es fuerte” -dijo el joven con el entusiasmo propio
de él, mientras que el coche parecía temblar como una hoja contra
el pedregoso suelo del camino. Era un Jeep de los 70 de los baratos
que no se había sido reformado en los 90 por el padre de Enric, que
era un manitas de los coches. Para Enric ese coche era como el alma
de su padre, que nutría con esa energía de más que necesitaba el
coche para poder subir las repetitivas y deprimentes pendientes, que
hacían cuestionar si iban a llegar con vida a la falda del pico.
Llevaban ya 20
minutos de bamboleo cuando divisaron una enorme estructura abandonada
que parecía ser su destino.
“Ya hemos llegado”
-suspiró el joven aliviado.
La noche ya era
profunda, pero él sabía que aquel lugar era su destino, cuanto más
se acercaban más podían identificar el edificio como una enorme
mansión abandona hace ya muchos años.
“¿Que es esto
Enric?” -preguntó Victoria, curiosa por el extraño lugar al que
le había llevado el joven.
“Tu me contaste tu
historia, y aquí comienza la mía” -Enric la miró a los ojos
mientras él siguió avanzando hacia la mansión- “aquí vivían mi
abuela y mi hermana mayor. Mi abuela ya murió hace muchos años y mi
hermana no quiere saber nada sobre esta casa y bueno… así está…
esperando a que alguien entre a vivir”
Enric sacó una
llave de su chaqueta y abrió la enorme verja de la casa, que cedía
con impresionante facilidad al su brazo tras liberar el pestillo.
Dejaron atrás el chirriante sonido de la verja para adentrarse al
jardín, donde un imponente tejo y un enjuto sauce dominaban el
salvaje paisaje verde.
“El tejo lleva
desde antes de que se construyese esta mansión, osea que llevará
más de 5 siglos aquí, y el sauce lo plantó mi abuelo cuando nació
mi padre, y ya puedes ver como está”
El árbol estaba
completamente seco, con sus ramas erguidas ligeramente hacia el suelo
y lleno de agujeros por toda su corteza.
Victoria le cogió
su mano y se la apretó suavemente mientras se pegaba a su hombro,
sabía que para él todo aquello era su vida, su origen, era todo
para él.
“Es lo que me
merezco, nunca hice nada por él y tampoco lo he hecho por su árbol.”
-se detuvo en frente del sauce- “cuando murió no pude estar allí
para estar con él los últimos días, jamás hice las cosas bien, le
abandoné”
“Enric”
-Victoria se colocó delante- “no podrías haber hecho nada, y él
jamas te aguardaría rencor por irte, seguramente respetaba tu
decisión”
Victoria se acercó
aún más y lo abrazó. No dudaba que para él volver allí era una
batalla contra si mismo, pero era algo a lo que debía enfrentarse.
“¿Estas seguro
que tu padre habría querido esto? ¿Conmigo?”