Ya puedo mirar atrás, ya me he curado de mi herida, ya puedo seguir con Victoria, siento a todos la espera, y espero que no tengáis que seguir esperando durante... 1 año y medio... disculpadme, han sido 2 años bastante oscuros, y espero que este verano termine esta época, entonces si os prometo horas y horas de imaginación dedicados en Victoria para vosotros.
Cada una tiene su mundo, aunque no lo parezca, un mundo vasto o diminuto, un mundo hermoso o terrible. Sus sueños, sus pensamientos, todo lo que no dijo reside ahí, escondidos en su cabeza, lejos del alcance de cualquiera. Por donde vayas, todas tiene cicatrices: un mundo desmontado y alborotado por alguien que las hizo daño, un mundo destrozado, sin principio ni fin, incluso a veces completamente roto, por todas ellas, dedico esto.
A veces parece, que si das alas a tus musas, tarde o temprano se te escaparán de tus manos
"Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche." - Edgar Allan Poe
Una suave brisa nocturna brillaba por la habitación de Victoria cuando se despertó de su profundo sueño. Se revolvió entre las sábanas, mecida por esa suave brisa que brotaba de la pequeña y sencilla ventana blanca, una brisa que la envolvía en una sensación de bienestar. Victoria deslizó su mano hasta la mesilla de dormir, sacó una libretilla, y anotó:
“Diario del sueño, hoy es 26/10/15, y hoy he soñado que cabalgaba
dragones bajo un cielo manchado por tres soles y tres lunas…” Victoria suspiró, sabía
que había estado ahí, pero todo parecía haber sido un sueño…
Un vago y desdichado sueño que se perdería por los más
profundos recovecos de la mente de Victoria. La joven ahuyentó la brisa
expulsándola por la pequeña ventana, quería tomar un poco de aire y no
podía dejar corriente por la casa. Abrió la pesada puerta con delicadeza, y avanzó con sus pies descalzos por el pasillo durmiente. Victoria se adentró a la terraza en
silencio, sus pies descalzos se revolvían molestos en el suelo helado de ladrillo, su
rostro era besado por esa brisa que traía el viento invernal y sus oídos habían
sido invadidos por los sonidos de los grillos susurrantes y los arboles aullantes. Sus ojos se abrieron al vasto vacío del cielo estrellado,
donde una única luna centelleaba en la profundidad de la noche, Victoria notó
como un calambre recorría su cuerpo cada vez que pensaba en la luna.
Su mirada sostuvo a la de la Luna por minutos interminables, donde el cielo parecía contener la respiración ante la mirada de Victoria. Su corto cabello castaño brillaba tenuemente mientras cerraba finalmente sus ojos, como intentando impedir que la imagen de ese precioso cielo escapase para no volver, como un breve sueño. No quería que esa cielo fuese lo mismo que el de tres soles y tres lunas, una mera visión.
Sus pies descalzos se apartaron de la incomodidad del ladrillo y aceptaron de buen grado estar de nuevo sobre la tibia madera del suelo. Victoria avanzó casi sonámbula hasta su habitación, solo la leve respiración que exhalaba con cansancio la acompañaba. Se sentó en la cama dubitativa, pensativa, no podía ser posible, esos sueños en realidad fueron reales... Victoria notó como su mente se desconectaba con suavidad, como sus ojos se perdían en una oscuridad infinita, como sus oídos huían del estruendo del viento escondiéndose en esos dulces susurros que resonaban en su cabeza. Los susurros eran voces de gente con la que Victoria había hablado ese mismo día, recordaba un "Buenos días Victoria ¿como estas?" "¿Victoria, otra vez no has completado la tarea?" Esos susurros la reconfortaron, hasta que poco a poco notó como su conciencia se acurrucaba lentamente... en el fondo de su mirada.
El sol asustado, se contenía durmiente en el horizonte, un horizonte silencioso y sombrío. Los ojos de Victoria se revolvieron encerrados en sus párpados, ansiosos de luz. Abrió los ojos lentamente y dejó que la grisácea luz lunar que brotaba de la ventana acariciase sus ojos con tenue suavidad. Se levantó poco a poco y avanzó por el pasillo, sus pasos resonaban bajo la madera oscura, que cambió a sonidos huevos cuando la joven avanzó por las escaleras de su casa. Se acercó a la cocina, esta estaba revestida de madera de abedul y una intimidante mesa cuadrada se situaba en medio. Victoria cogió un vaso de leche y unos cereales de los chirriantes cajones, tomó asiento, y comenzó a comer silenciosamente. Sus ojos no veían, pues no los necesitaba, mientras disfrutaba del desayuno su mente vagaba en profundos sueños.
"Al fin y al cabo, tan solo es un trozo de piedra...
pero aún así, es bella.
Quizás sea eso lo que la hace bella, el hecho de
que solo sea un trozo de piedra, una piedra
imposible de alcanzar"
Su mirada sostuvo a la de la Luna por minutos interminables, donde el cielo parecía contener la respiración ante la mirada de Victoria. Su corto cabello castaño brillaba tenuemente mientras cerraba finalmente sus ojos, como intentando impedir que la imagen de ese precioso cielo escapase para no volver, como un breve sueño. No quería que esa cielo fuese lo mismo que el de tres soles y tres lunas, una mera visión.
Sus pies descalzos se apartaron de la incomodidad del ladrillo y aceptaron de buen grado estar de nuevo sobre la tibia madera del suelo. Victoria avanzó casi sonámbula hasta su habitación, solo la leve respiración que exhalaba con cansancio la acompañaba. Se sentó en la cama dubitativa, pensativa, no podía ser posible, esos sueños en realidad fueron reales... Victoria notó como su mente se desconectaba con suavidad, como sus ojos se perdían en una oscuridad infinita, como sus oídos huían del estruendo del viento escondiéndose en esos dulces susurros que resonaban en su cabeza. Los susurros eran voces de gente con la que Victoria había hablado ese mismo día, recordaba un "Buenos días Victoria ¿como estas?" "¿Victoria, otra vez no has completado la tarea?" Esos susurros la reconfortaron, hasta que poco a poco notó como su conciencia se acurrucaba lentamente... en el fondo de su mirada.
El sol asustado, se contenía durmiente en el horizonte, un horizonte silencioso y sombrío. Los ojos de Victoria se revolvieron encerrados en sus párpados, ansiosos de luz. Abrió los ojos lentamente y dejó que la grisácea luz lunar que brotaba de la ventana acariciase sus ojos con tenue suavidad. Se levantó poco a poco y avanzó por el pasillo, sus pasos resonaban bajo la madera oscura, que cambió a sonidos huevos cuando la joven avanzó por las escaleras de su casa. Se acercó a la cocina, esta estaba revestida de madera de abedul y una intimidante mesa cuadrada se situaba en medio. Victoria cogió un vaso de leche y unos cereales de los chirriantes cajones, tomó asiento, y comenzó a comer silenciosamente. Sus ojos no veían, pues no los necesitaba, mientras disfrutaba del desayuno su mente vagaba en profundos sueños.
"Sobre mi se alzaba
un paisaje rocoso, tan seco como infinito. La arena rosada volaba por un mar de
cristales rojos y enormes cicatrices brotaban desde lo más profundo de ese
desconocido lugar. Algo parecido a efigies se alzaban oscuras por las estepas, efigies que cuando las miraba inundaban en mi sentimientos
enfrentados. Algunas de esas efigies metálicas eran montículos desordenados,
otras tenían formas de enormes columnas solitarias cubiertas de grabados
ilegibles. Era un desierto muerto, salvo por esas estructuras, que vigilaban
con recelo el desierto. Avancé por esa enorme estepa silenciosa, donde lo único que se podía escuchar eran las mareas de arena arrastradas por un
viento helado. Me sentía bien, parecía que ese era mi mundo, donde merecía estar, donde viviría intocable, protegida, lejos del mundo del
exterior…"
Victoria se dio cuenta de
que había terminado de desayunar: tenía que prepararse e ir de vuelta a la
escuela.
La joven subió las escaleras
lentamente y preparó la ducha mientras se desnudaba lentamente, quitándose un
largo y melodioso camisón blanco y su ropa interior. Victoria sintió un súbito
terror al mirarse al espejo, se sentía muy angustiada cuando estaba desnuda, la
simple idea de estarlo la aterraba, se sentía completamente desprotegida ante
cualquier peligro, mientras Victoria está desnuda teme cualquier sonido,
cualquier cambio de temperatura, cualquier cambio de luces, todo, todo era
peligroso, y su miedo no la dejaba pensar con claridad. Se sintió inútil, se
sintió un mero trozo de carne, se sintió como un despojo a quien nadie quiere y
que si desapareciese, a nadie le importaría.
"No eres nadie Victoria"
Victoria se duchó y
volvió a mirarse al espejo antes de taparse con un mullidito albornoz color
ocre. Era una chica de estatura normal, con un cuerpo delgado, su melena
castaña oscura caía como una cascada por sus finos hombros y su pecho. Sus
labios no eran muy grandes, pero eran un tanto carnosos, su pequeñita nariz era
un poco chata, tenía un cierto, sus grandes ojos castaños, bien separados entre
sí, brillaban con audacia. Su barbilla no era pronunciada, sino redondeada y
bastante contraída, y su frente era bastante pequeña, lo que hacía que sus ojos
sobresaltasen aún más, unas enormes ventanas a ese mundo interior, de donde tan
poca gente había entrado y nadie había decidido quedarse.
Avanzó a su habitación,
donde la esperaba un armario lleno de posibilidades para ese nuevo día, uno
como tantos. Se colocó su ropa interior, un calentador interior, una camiseta
negra bajo una camisa a cuadros negra, verde y roja, unos vaqueros con las
puntas deshilachadas y unos zapatos marrones con un finísimo tacón, que
disimulaban tenuemente su estatura. Victoria cogió su móvil sin
siquiera mirar las notificaciones, su mochila escolar, una terrible mandarina amarga
como almuerzo, las llaves de casa y se encaminó hasta la parada de autobuses. Antes de salir de casa, se paró un momento a pensar, sobre su viaje nocturno tan mágico que había tenido, y como la luna se había dejado observar con todo su esplendor y belleza a los ojos de Victoria.
Al cerrar la puerta de
casa, sintió el terrible frío azotándola con crueldad, mientras trataba de asegurar el engranaje de la puerta por
seguridad. Tras eso, Victoria avanzó a la parada, estaba a un kilómetro de su casa,
no era mucha distancia, pero con el frío a la pobre chica le pareció un
infierno blanco lleno de retos y escasos de motivos para seguir avanzando, aun
así, Victoria logró alcanzar el bus a tiempo para encaminarse a las clases. Sus pasos se hicieron pesados mientras se acercaba a la entrada del autobús, tímida y temerosa por lo que la esperaba dentro. La saludó cordialmente el conductor en silencio; su expresión era triste y sombría, como el ambiente de el autobús, que estaba sumido en la oscuridad de la madrugada. Victoria se sentó en un asiento, sola, con su cabeza apoyada contra el frío cristal, observando como un haz de luz moribunda trataba de alcanzar las calles vacías.
El autobús pasó por la angosta ciudad repleta de edificios viejos y ruinosos, donde las viejas luces de las lamparas llenaban de un sosegado velo blanco. La carretera era negra, completamente negra, daba la impresión como que el cristal en realidad era la pantalla hacia un teatro mecánico que se moviese desde el morro hasta la cola, y que todo era un simple montaje. Victoria a veces pensaba en la ciudad como un escenario, donde todos se colocaban para hacer su papel, sin comienzo, sin fin, pero al mismo tiempo sabía que todo debía tener supuestamente un principio y un desenlace.
Soñó en una vida mejor, una vida donde sus padres estuviesen junto a ella, una vida en la que pudiese sentirse en algo que pudiese llamar familia. Pensó en su padre Enrique, quien apenas la quería y nunca estaba en casa, y en su madre Aurora, la cual les dejó hacía ya 2 años un frío día de Enero. A veces podía mentirse a si misma, cuando solamente la oscuridad de la madrugada la acompañaba, podía creer que su madre seguía viva y que su padre realmente la quería como ella le quería a el. Lo maś doloroso de todo no era mentirse a si mismo, sino darse cuenta de ello, de volver a la dura realidad, de arrastrarse por el suelo por culpa del dolor de la verdad y el peso de la culpabilidad, pero sabía que no podía evitarlo, tenía que soñar, tenía que seguir viviendo en su mundo, seguir pensando que todo era un extraño sueño que irónicamente encajaba y tenía sentido, pero que prefería ocultarlo cerrando sus ojos y acurrucarse en si misma para sentirse menos responsable.
El autobús llegó al aparcamiento de su instituto, el instituto era de los años 60, construido con con el clásico ladrillo rojizo y un tejado plano de color blanco donde cada 10 metros había un balón de fútbol encalado. Era un lugar radiante, completamente bañado de una luz enorme que hacía brillar el lugar como ninguno otro, y al estar en la cima de una montaña podías ver la ciudad de Valencia al fondo hundida en un manto de contaminación a lo lejos que difuminaba sus edificios a la lejanía.
Victoria se puso su mochila a su espalda y caminó lentamente por un caminito de guijarros que la llevaba a la zona de Bachiller. Donde terminaba ese pavimento de guijarro rodeado de césped se encontraba una inútil puerta de cristal automática que solo servía para impedir andar sin el miedo de romperla en pedazos. Al cruzar las puertas bajaba unas escaleras a su izquierda que a mitad camino llevaban a un patio exterior abandonado por los profesores donde los estudiantes podían descansar sin que nadie les molestase, era un lugar que a Victoria le parecía bastante deprimente: en verano el calor hacía imposible estar allí y en invierno el frío no hacia nada diferente.
Al bajar las escaleras entró a su diaria clase de inglés, donde un escocés inusualmente entendible impartía la clase de inglés, pero era un inglés especial. No era un profesor común, y tampoco lo era la asignatura que el daba por suya: escribías tus historias, leías joyas literarias como Edgar Allan Poe, Paulo Coelho, Harper Lee, Mark Twain o incluso George R.R. Martin. Era como una clase de nave espacial con el que escapabas a un mundo muy lejano.
Victoria acarició la librería de la clase, recordando el tiempo que había pasado leyendo y viviendo esos libros, y como ahora guardaban polvo en una vieja estantería, abandonados.
Se sentó en el lugar mas alejado de la clase, donde podía ver a todos sus compañeros casi como si tuviese vista de águila. La mayoría estaban embotados en sus problemas y pasaban de ella, y los pocos que no pasaban de ella apenas la hablaban; su comienzo en clase no fue muy grato, ella era una chica que se cambió hacía 2 años antes cuando lo de su madre Aurora y no se sentía cercana a ellos, sabía que ninguno podía entenderla tras todo lo sucedido.
Tras la animada clase de inglés pasaron a la de filosofía, donde la animación se potenciaba, literalmente. La clase la presidía una alemana lunática, había venido en su juventud a demostrar la existencia de los ogros que se decían encontrar en las grutas del País Vasco, de los que los antiguos vascones decían que servían a los dioses antiguos. Toda esa idea le chiflaba a la profesora, que tras años de búsqueda, prefirió irse a Valencia donde el clima era más apetecible para envejecer. Hablaba de la existencia de los seres mitológicos y fantásticos, de las religiones, de como pensábamos, de las ideas de Sócrates, Platón, Descartes o Sigmun Freud. Le encantaba zarandear las manos mientras balbuceaba de la importancia de pensar y de ser críticos, pero de siempre estar abiertos a todo.
Al final del todo, tocó la mejor clase para Victoria, la clase de dibujo artístico.
Un hombre alto y mayor, algo enjuto y de un corto pelo rubio rizado vivía en esa clase como si fuese su casa, las paredes estaban decoradas de cientos de dibujos que reflejaban la luz del sol que provenían de los enormes ventanales de la sala. Su mirada era algo perdida y más anciana de lo que su rostro era y se pasaba todos los días colocando sus dibujos, organizando carpetas en su escritorio o dibujando. Ese día era una clase de interpretación y evolución personal en la pintura, y Victoria comenzó a dibujar sombríos bocetos que no resultaban agradables, todos parecían rotos, no podía construir en su mente una idea bonita, no podía imaginarse el paisaje del desierto, tampoco el paisaje de los tres soles y las tres lunas, no podía siquiera mantenerse concentrada en hacer bocetos al azar.
"Que le ocurre Victoria"- preguntó el profesor, preocupado.
"No lo sé Jack"- suspiró la joven -"le prometo que lo estoy intentando.
"No se preocupe, aún le quedan 2 semanas para tener algo en mente, no tenga prisa"
Victoria siguió pensando mientras seguía haciendo bocetos grises sobre los papeles blancos.
A la hora del recreo Victoria se quedó todo el tiempo antes de comer en clase de arte, dibujando lo que para ella le parecía algo bello, pero que a los demás se les asemejaba a una figura terriblemente triste.
Contempló su grisáceo dibujo con indiferencia, como si todo lo hubiese descargado en ese dibujo, esa sensación de tristeza que sentía esa misma mañana desapareció completamente.
Victoria se despidió de su profesor, que miraba con musitada curiosidad el cuadro de su estudiante, y se fue a comer. Se colocó en una linea para esperar su turno, donde en unas enormes bandejas de plástico se les servía uno a uno para después colocarse ellos mismos los platos. La joven reconocía a todos los que estaban junto a ella, pero los veía como a marionetas mecánicas avanzando y vociferando conversaciones banales en voz alta.
Victoria se intentó sentar donde nadie la molestase, apartada de todo; ya de por sí le molestaba que nadie tratase de hablar con ella y que cuando ella lo intentase apenas la prestaban atención, por lo que era mas agradable estar lo menos acompañada posible. Tampoco sacó el móvil ni se puso música, solamente comió lo más rápido posible y se dirigió al pequeño jardín en la zona superior del instituto.
Era un lugar apartado de todo, donde ella podía estar tranquilamente sin que nadie viniese para molestar. Ella pensaba que sus compañeros sabían que ella estaba ahí, pero apenas la veían y los pocos que la observaban con el rabillo del ojo al cruzar por el camino de guijarros pasaban olímpicamente de ella. Quizás fuese que no se preguntaban siquiera que hacia ella ahí, o que pensaban que era una chica extraña con gustos extraños para ellos. Victoria se sentó en un caminito secundario de piedra con su espalda apoyada en la fachada del edificio, donde podía ver delante suyo un enorme sauce llorón que se erguía por encima de todo lo demás, como imponiéndose contra el cielo.
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22/09/17
No continuaré Victoria, esa etapa de mi vida ya acabó, y no quiero dejar esta historia abierta, se acabó.
El autobús pasó por la angosta ciudad repleta de edificios viejos y ruinosos, donde las viejas luces de las lamparas llenaban de un sosegado velo blanco. La carretera era negra, completamente negra, daba la impresión como que el cristal en realidad era la pantalla hacia un teatro mecánico que se moviese desde el morro hasta la cola, y que todo era un simple montaje. Victoria a veces pensaba en la ciudad como un escenario, donde todos se colocaban para hacer su papel, sin comienzo, sin fin, pero al mismo tiempo sabía que todo debía tener supuestamente un principio y un desenlace.
Soñó en una vida mejor, una vida donde sus padres estuviesen junto a ella, una vida en la que pudiese sentirse en algo que pudiese llamar familia. Pensó en su padre Enrique, quien apenas la quería y nunca estaba en casa, y en su madre Aurora, la cual les dejó hacía ya 2 años un frío día de Enero. A veces podía mentirse a si misma, cuando solamente la oscuridad de la madrugada la acompañaba, podía creer que su madre seguía viva y que su padre realmente la quería como ella le quería a el. Lo maś doloroso de todo no era mentirse a si mismo, sino darse cuenta de ello, de volver a la dura realidad, de arrastrarse por el suelo por culpa del dolor de la verdad y el peso de la culpabilidad, pero sabía que no podía evitarlo, tenía que soñar, tenía que seguir viviendo en su mundo, seguir pensando que todo era un extraño sueño que irónicamente encajaba y tenía sentido, pero que prefería ocultarlo cerrando sus ojos y acurrucarse en si misma para sentirse menos responsable.
"Y aquí estoy, sentada, mirando
el horizonte, preguntándome que
hago aquí, porque me siento tan...
vaciá por dentro, que es lo que
falta en todo esto"
El autobús llegó al aparcamiento de su instituto, el instituto era de los años 60, construido con con el clásico ladrillo rojizo y un tejado plano de color blanco donde cada 10 metros había un balón de fútbol encalado. Era un lugar radiante, completamente bañado de una luz enorme que hacía brillar el lugar como ninguno otro, y al estar en la cima de una montaña podías ver la ciudad de Valencia al fondo hundida en un manto de contaminación a lo lejos que difuminaba sus edificios a la lejanía.
Victoria se puso su mochila a su espalda y caminó lentamente por un caminito de guijarros que la llevaba a la zona de Bachiller. Donde terminaba ese pavimento de guijarro rodeado de césped se encontraba una inútil puerta de cristal automática que solo servía para impedir andar sin el miedo de romperla en pedazos. Al cruzar las puertas bajaba unas escaleras a su izquierda que a mitad camino llevaban a un patio exterior abandonado por los profesores donde los estudiantes podían descansar sin que nadie les molestase, era un lugar que a Victoria le parecía bastante deprimente: en verano el calor hacía imposible estar allí y en invierno el frío no hacia nada diferente.
Al bajar las escaleras entró a su diaria clase de inglés, donde un escocés inusualmente entendible impartía la clase de inglés, pero era un inglés especial. No era un profesor común, y tampoco lo era la asignatura que el daba por suya: escribías tus historias, leías joyas literarias como Edgar Allan Poe, Paulo Coelho, Harper Lee, Mark Twain o incluso George R.R. Martin. Era como una clase de nave espacial con el que escapabas a un mundo muy lejano.
Victoria acarició la librería de la clase, recordando el tiempo que había pasado leyendo y viviendo esos libros, y como ahora guardaban polvo en una vieja estantería, abandonados.
Se sentó en el lugar mas alejado de la clase, donde podía ver a todos sus compañeros casi como si tuviese vista de águila. La mayoría estaban embotados en sus problemas y pasaban de ella, y los pocos que no pasaban de ella apenas la hablaban; su comienzo en clase no fue muy grato, ella era una chica que se cambió hacía 2 años antes cuando lo de su madre Aurora y no se sentía cercana a ellos, sabía que ninguno podía entenderla tras todo lo sucedido.
Tras la animada clase de inglés pasaron a la de filosofía, donde la animación se potenciaba, literalmente. La clase la presidía una alemana lunática, había venido en su juventud a demostrar la existencia de los ogros que se decían encontrar en las grutas del País Vasco, de los que los antiguos vascones decían que servían a los dioses antiguos. Toda esa idea le chiflaba a la profesora, que tras años de búsqueda, prefirió irse a Valencia donde el clima era más apetecible para envejecer. Hablaba de la existencia de los seres mitológicos y fantásticos, de las religiones, de como pensábamos, de las ideas de Sócrates, Platón, Descartes o Sigmun Freud. Le encantaba zarandear las manos mientras balbuceaba de la importancia de pensar y de ser críticos, pero de siempre estar abiertos a todo.
Al final del todo, tocó la mejor clase para Victoria, la clase de dibujo artístico.
Un hombre alto y mayor, algo enjuto y de un corto pelo rubio rizado vivía en esa clase como si fuese su casa, las paredes estaban decoradas de cientos de dibujos que reflejaban la luz del sol que provenían de los enormes ventanales de la sala. Su mirada era algo perdida y más anciana de lo que su rostro era y se pasaba todos los días colocando sus dibujos, organizando carpetas en su escritorio o dibujando. Ese día era una clase de interpretación y evolución personal en la pintura, y Victoria comenzó a dibujar sombríos bocetos que no resultaban agradables, todos parecían rotos, no podía construir en su mente una idea bonita, no podía imaginarse el paisaje del desierto, tampoco el paisaje de los tres soles y las tres lunas, no podía siquiera mantenerse concentrada en hacer bocetos al azar.
"Que le ocurre Victoria"- preguntó el profesor, preocupado.
"No lo sé Jack"- suspiró la joven -"le prometo que lo estoy intentando.
"No se preocupe, aún le quedan 2 semanas para tener algo en mente, no tenga prisa"
Victoria siguió pensando mientras seguía haciendo bocetos grises sobre los papeles blancos.
A la hora del recreo Victoria se quedó todo el tiempo antes de comer en clase de arte, dibujando lo que para ella le parecía algo bello, pero que a los demás se les asemejaba a una figura terriblemente triste.
“El rostro, vacío, sin boca, sin labios,
solamente un rostro cubierto de gotas
de tristeza y en el pecho un hueco negro,
vacío, dolorido, oscuro…
y aquí estoy, en este túnel,
donde solo puedo ver
oscuridad adelante”
Contempló su grisáceo dibujo con indiferencia, como si todo lo hubiese descargado en ese dibujo, esa sensación de tristeza que sentía esa misma mañana desapareció completamente.
Victoria se despidió de su profesor, que miraba con musitada curiosidad el cuadro de su estudiante, y se fue a comer. Se colocó en una linea para esperar su turno, donde en unas enormes bandejas de plástico se les servía uno a uno para después colocarse ellos mismos los platos. La joven reconocía a todos los que estaban junto a ella, pero los veía como a marionetas mecánicas avanzando y vociferando conversaciones banales en voz alta.
“Ni me miran, ni me escuchan,
aunque si os soy sincera,
de poco me interesa que me presten
atención alguna, no les importo
en absoluto”
aunque si os soy sincera,
de poco me interesa que me presten
atención alguna, no les importo
en absoluto”
Victoria se intentó sentar donde nadie la molestase, apartada de todo; ya de por sí le molestaba que nadie tratase de hablar con ella y que cuando ella lo intentase apenas la prestaban atención, por lo que era mas agradable estar lo menos acompañada posible. Tampoco sacó el móvil ni se puso música, solamente comió lo más rápido posible y se dirigió al pequeño jardín en la zona superior del instituto.
Era un lugar apartado de todo, donde ella podía estar tranquilamente sin que nadie viniese para molestar. Ella pensaba que sus compañeros sabían que ella estaba ahí, pero apenas la veían y los pocos que la observaban con el rabillo del ojo al cruzar por el camino de guijarros pasaban olímpicamente de ella. Quizás fuese que no se preguntaban siquiera que hacia ella ahí, o que pensaban que era una chica extraña con gustos extraños para ellos. Victoria se sentó en un caminito secundario de piedra con su espalda apoyada en la fachada del edificio, donde podía ver delante suyo un enorme sauce llorón que se erguía por encima de todo lo demás, como imponiéndose contra el cielo.
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22/09/17
No continuaré Victoria, esa etapa de mi vida ya acabó, y no quiero dejar esta historia abierta, se acabó.
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