Un tibio viento del este respiraba por el valle libre, rozando el bello verdor con tacto maternal y llenando el aire de olor de astilbes y amapolas. Una silueta femenina de largos cabellos carmesí se alzaba en la zona más alta del valle, observando con sus ojos esmeralda la belleza de los primeros rayos de sol del día. Su piel escarcha centelleaba bajo el tenue látigo de un sol neonato, que emergía de la eterna noche tras un boscoso horizonte.
“¿Porque algo tan bello me hace sentir tan triste?”
Pensó la joven, dolorida, algo en esa escena tan única y especial la arrastraba fuera de ese lugar, donde estuviese lejos de su propio cuerpo y su propia vida. Lejos de su casa, lejos de familia, lejos de todo lugar que hubiese conocido, hacia la oscuridad de la noche en su mente. El hecho de ese amanecer tiraba de ella, sus pensamientos no eran sobre qué haría ese nuevo día o preguntarse qué debía hacer cuando volviese a casa , simplemente eso quedaba en segundo plano, esas ideas matutinas temblaban ante las nuevas dudas de la temerosa muchacha, que ansiaba respuestas.
“Nunca la sombra de la duda me había acechado tan violentamente,
siempre había estado ahí, latente, durante mi infancia y adolescencia,
pero ahora emerge cual enfermedad a mi mente”
El valle comenzó a volver a la monótona normalidad, el sol ya se alzaba medio hundido en el horizonte y la magia de la luz se disipaba a medida que el ambiente se acostumbraba a los rayos veraniegos. La joven se mantuvo inmóvil, obnubilada tras la presencia de una belleza que nunca jamás volvería a ver en lo que le quedaba de vida, y reflexionó, pensando que esa belleza había muerto segundos después de haber nacido, fallida, pero ahí se mantuvo la belleza mientras duró, imponente e incuestionable a la fealdad de su vida.
“Quizás lo que hace bello a las cosas
es que esa belleza se marchita y muere”
Pero pensó entonces en las montañas, impasibles, pensó en los mares también, y pensó finalmente en los cielos; todos ellos son bellos, pero no marchitos, no al menos tan marchitos como su propia vida. El valle que pisaba seguía siendo bello, aún cuando la magia de la luz ya no surtía efecto en sus ojos. Alba, que así se llamaba la joven, dio la espalda al horizonte y comenzó el camino de vuelta a casa, un camino no muy largo, pero que si te detienes a verlo con detalle podrías pasarte horas cautivado por su belleza.
Durante el camino la joven observó como el bosque reflejaba el brillo de un sol cada vez más fuerte, mientras que una sensación de calidez la invadía por dentro. A Alba le recordaba a su primer hogar esos bosques, lejanos recuerdos de una infancia que parecía no haber sido vividos nunca, pero que de alguna manera ella sabía que había vivido. Fuese únicamente por una corazonada ilusoria o debido a un recuerdo de verdad, a esas alturas a la joven todo eso le era indiferente, lo único que quedaba eran los escalofríos al oler la esencia del lugar, las bocanadas de aire puro que estremecía su cuerpo y el verdor que tranquilizaba su alma.
Pero al mismo tiempo, esas sensaciones provocaban lágrimas en sus ojos, unas lágrimas incontenibles, una amarga sensación de vacío, un aullido de melancolía, un beso de deshazón.
“¿Por qué vuelvo a sentir esta sensación de tristeza?
¿Por qué no puedo volver a mi infancia?”
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