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jueves, 16 de junio de 2016

Despedida

No hubo tiempo de decirnos adiós, ni tampoco de susurrarnos los deseos más mezquinos, tan solo tus labios junto a los míos. Si la suerte estuviese conmigo, juraría mil promesas para estar contigo, escapar de este olvido en el que te castigo.
Escuche tu partida a la lejanía, llena de lágrimas, tu mirada cantaba melancolía, al igual que la mía cuando nuestra luz moría.
Como pueden ser tan dulces las bienvenidas y tan amargas las despedidas, parecen haber sido creadas por una mente lasciva, sedienta de dolor y oscura alegría de la carne, buscando mi pecho con mirada ensombrecida.
¿Y ahora? ¿Por que temen las lágrimas correr por mis mejillas? Por qué mis ojos tratan de esconder el brillo de la melancolía, mi cuerpo lloraba y mi corazón sangraba, pero ya no siento nada más que miseria contenida. Sigo deseando tu regreso, luz mía, sigo esperando al fuego fatuo, a la quimera, pero siento que ya está muerta. Me devora, me carcome el alma, que muere en letanía, sedienta de tu compañía, muere sola, muere fría, tan solo recordando que una vez, una mísera vez, me dijiste que me querías, perdiéndose en la esperanza de que esa promesa no fuese mentira.
Duele demasiado soñar contigo, pero me invaden estos sueños cuando estoy dormido, embelesado por ese ser retorcido que me arranca mi corazón como si jamás hubiese sido mio. Duele siquiera susurrar tu nombre al destino, duele jamás poder querer y duele jamas poder ser querido, aunque más duele saber que mi voz se ahoga en tu olvido.