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viernes, 15 de enero de 2016

Beso

Ambos se encontraban sentados en un banco de madera envueltos una pesada niebla que los hundía en un ambiente mágico, casi fantasmal. El lo sabía, y Ella también, se observaron durante un fugaz parpadeo. El intentaba desviar la mirada, de escapar de ese destino, huir y volver al refugio de su corazón, a ese frío mundo helado, pero Ella le giró el rostro suavemente y posó sus manos sobre sus mejillas. El se daba cuenta de que se derretía rápidamente, de que aunque estaba aterrado de la simple idea de atar su corazón al de otra persona sabía que no había otra opción, no había marcha atrás.
Ella observó sus ojos oscuros, esas terribles cuevas, tenía miedo de perderse en la mirada de El, de que su corazón ardiese en llamas sin que pudiese hacer nada. El se dio cuenta de que sus miradas se encontraban en algún lugar, muy muy lejos de ese banco que tanto había presenciado.
El envolvió a Ella en sus brazos, protegiéndola, mientras trataba de seguir dejando que se deslizase por su mirada unos interminables instantes más. Se acercaron el uno al otro, cada uno respiró el sueño del otro mientras su mirada se hacía sola una. Lentamente se fundieron en una figura, en una sola sombra en el horizonte, en una sola alma en un mar infinito de tristeza: El y Ella, Ella y El, eran uno, y ahora estaban solos en ese viaje repleto de incertidumbre. Estaban en la nada y en el todo, y mientras estaban fundidos y avivados por las brasas, derramaron sus memorias el uno al otro...


Sabían que sus corazones estaban encadenados entre sí, pero que aún que en un futuro no muy incierto, cuando cada uno caminase por su camino para nunca volver, ese banco permanecería ahí, con dos almas unidas en una...