Conocí a esa chica tiempo atrás, cuando el parque se cubría
de escarcha, y volaba por la nieve con sus pasos carmesí, machándola de tulipanes
y astilbes escarlatas y transformando las tranquilas fuentes en cascadas nerviosas.
Cuando el cielo estaba despejado y ni lluvia ni nieve bañaban la seca tierra, la
joven se escondía temerosa en los rincones más oscuros de las sombras, temerosa
de lo que le esperaba en la luz. La recuerdo como ayer.
Vivía en las grutas de sus ojos, en los pantanos de su
memoria, imbuida en esa soledad que no lograba escapar, de ese vacío que la
rasgaba por dentro, pero que, al mismo tiempo, pensaba que se merecía alguien
que teme a la luz como ella. Aún extraño sus miradas perdidas y sus palabras
vacías, cuando ella pensaba que mi corazón estaba igual de herido que el suyo,
y que si curaba el mío, quizás encontraría una manera de atreverse a alcanzar
la luz que transformaba su cuerpo en una mera quimera de la mente de un artista
desquiciado.
Conocía ese corazón herido, lleno de espinas de promesas
nunca cumplidas, de golpes y maltratos, del hambre de los necios que con
palabras y gestos jugaron con sus sentimientos e hirieron su corazón. Aún
recuerdo sus dulces ojos cristalizados derramando dolor y culpa, y por mucho de
que yo tratase de beber de sus recuerdos y calentase ese pozo de hielo irrompible,
jamás volvería el dulce brillo de su bella mirada, que brillaba en la oscuridad
que nos envolvía a nosotros dos, fugitivos de la luz que trataba de abrasarnos.
Pero dudó de mí, me trató como un fantasma que había vuelto
para atormentarla, como un recuerdo más que debe guardar en su herido corazón.
Y ahora solo quiere romper, destrozar, llorar, gritar, chillar, desgarrar su
propia alma… solo para acabar tirándolo todo por la borda… y acabar pálida de
nuevo, rodeada de un invierno infinito del que jamás podría volver. Y poco a poco, con su rostro
conteniendo las lágrimas de un alma perdida, se ocultó en una frágil máscara de
felicidad.
Ahora siento en sueños el acero recorrer tu tibia piel, rasgando
y cortando tu inocente carne, mientras tu cama se llena de tulipanes y astilbes
carmesí, y crecen desesperadamente, buscando la salida de esa sala engullida
en tristeza y vacío… mientras mi corazón se desgarra al sentir como ese acero
se tiñe de ti.
Y bañado en lágrimas, aparto esos terribles recuerdos, y cierro
los ojos y creo, creo en el día, el día que podré ver tu rostro de nuevo, en esos
atardeceres de pesadas nevadas, volver a verte volar por las calles solitarias,
y que, cuando la noche nos sepulte con su manto, cuando nuestra voces puedan volver a escucharse, la estrella de tu pecho me
guíe de nuevo hasta ti.