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lunes, 15 de febrero de 2016

Alas rotas

Aún recuerdo cuando volabas por el cielo, volando por un cielo infinito, surcando con gracia por encima de mi cabeza, que observaba un magnífico espectáculo. Sobrevolabas montañas y llanuras, mares y ríos, sin fijarte a donde ibas ni de donde venías, pero eso no era importante verdad?
Podía verse como tus enormes alas blancas brillaban en el firmamento diurno, como se movían con falsa fragilidad cuando las tenues rachas de viento eran traicioneras y tenías que lidiar con ellas.
Un día, sabiendo que yo no podría acompañarte a tu viaje, ya que yo no nunca fui capaz de volar, tuviste que marcharte, volaste lejos, mas allá de las oscuras cordilleras que sobresalían abruptas y que impedían ver lo que había escondido detrás. Y así nuestros caminos se separaron.

Y ahora volviste, pero jamás pensé que serías tan diferente a la persona que conocía.

Una sombra avanzó desde el horizonte, observándome en silencio, sin decir nada, y se acercó lentamente. Su piel, pintada de un blanco fúnebre, sus ojos, antes verdes, ahora eran pozos negros como la noche más solitaria, como un cielo muerto sin estrellas, sus rostro vacio de expresión, como si la muerte hubiera fallado en arrancarle el alma de su pecho, y ahora viviese malherida, sangrando sentimientos de dolor y de odio. Sus cabellos teñidos de un violento ébano cubrían y disimulaban las horrendas cicatrices de su cuello, desgarrado. Era ella, más fuerte, mas adulta, pero era una cáscara vacía, una fachada construida con la paciencia de constructor innato. Una muralla de dolor, de sufrimiento, una muralla que a quien osase acercarse a ella sufriría, pero que si temblase, sangraría con facilidad desde el interior.

Cuando estuvo cerca de mi, me habló como si nada hubiera ocurrido como si yo no pudiese percatarme de que sus alas ahora eran dos mástiles de huesos ensangrentados y deshilachados, que alguien había arrancado con la facilidad que se rompe un juguete lo que ella más anhelaba, y que trataba de disimular con una risa forzada en sus labios marchitos. Lo intentó, mentirse a si misma, pensar que nada había ocurrido, que aún podría surcar los cielos de nuevo, pero cayó abatida en el suelo, con las manos manchadas de su propia sangre, y un terrible vacio en su corazón tapado por un improvisado torniquete de amor y caricias, pero ella sabe que eso no es suficiente, que con un simple vendaje esa herida letal no se curará.

No pude sostenerme en pie, mis rodillas fallaron y acabé arrodillado, casi inerte, al lado de su cuerpo inmóvil, mientras que una pequeña parte del miedo y el dolor que sentía caía gota a gota sobre mi corazón, inundándolo de tristeza e impotencia, llenando mis ojos de lágrimas y mi cuerpo de la rabia más salvaje que he sentido nunca, de una furia asesina, como si pensase en disipar el dolor que ella sentía, destruir lo que sea que le hizo eso, pero me dí cuenta de lo estúpido que sonaba, y mi cuerpo convulsionó en lágrimas, agitándose de tristeza. Lloré, lloré como nunca lo había hecho, lloré hasta desgarrar mis ojos con la fuerza de mis párpados, hasta que olvidaba que estaba llorando, y me dí cuenta de que no podría hacer nada, salvo querer mecer su frío cuerpo entre mis brazos, acariciar sus ocultas cicatrices como la piel más suave y dulce, y beber de sus recuerdos, de los tiempos cuando estábamos bajo el mismo cielo, cuando no hacía falta abrirme las puertas de su inexpugnable puerta acorazada para siquiera sentirme.

Alas rotas, te echo de menos

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